La economía española ha agotado el proceso de ganancias de competitividad emprendido tras los ajustes y las reformas estructurales de la crisis económica y que han llevado a sucesivos superávits de la balanza de pagos y mejoras en la posición internacional de inversión del país. Como consecuencia, en 2018 se ha producido una inflexión en la capacidad de financiación de la economía, que podría haberse limitado al 1% del PIB (la mitad que en los últimos años), y que de intensificarse podría frenar el saneamiento de las cuentas exteriores y dificultar la financiación de la que depende la economía del país.

Aunque una parte notable de la contracción del superávit es imputable a factores coyunturales ajenos, como la subida del precio del crudo o la apreciación excesiva del euro, así como la moderación de la demanda de los clientes de España o la sustitución en los últimos años de insumos internos por externos en los bienes intermedios, los expertos aprecian ya en los dos últimos años un agotamiento en las ganancias de competitividad generadas por el control de los costes de producción, que tienen un reflejo en los intercambios de bienes y servicios.

La economía española nunca en la historia había acumulado un periodo tan largo de superávit por cuenta corriente como el actual, que se inició en la última parte de 2012, tras un ajuste de caballo en las cuentas externas desde un déficit cercano al 10% en los últimos ejercicios del ciclo alcista previo a la crisis. De hecho, lo habitual es un registro continuo de déficit, que solo en los primeros compases de España en el mercado común alteró por números negros.

Encadenar seis años largos de saldo positivo en la balanza de pagos ha sido posible por la penetración que miles de empresas españolas han hecho en los mercados externos, gracias a una combinación de una oferta de calidad en los bienes y servicios con un control de los precios de producción muy intenso, especialmente en los costes laborales.

En la evolución comparada de los costes laborales unitarios de España frente a sus competidores fundamentales ha descansado la mejora de la competitividad de la economía frente al exterior en los últimos años, tras haber perdido posiciones de forma muy abultada en los diez primeros años del siglo. Pero esta ganancia empieza a dar síntomas de agotamiento, que podrían intensificarse si definitivamente las llamadas a subidas generosas de los salarios son atendidas en la negociación de los convenios.

En los ocho últimos años los costes laborales unitarios en la zona euro han aumentado de media un 7,8%, mientras que en España se han reducido en 3,5 puntos porcentuales. Esta dispar evolución ha compensado una parte del diferencial favorable a los competidores europeos generado en los diez primeros años del siglo, en los que los costes laborales unitarios nativos crecían tres puntos por cada dos que avanzaban los europeos.

Pero en los últimos años la moderación del coste laboral ha sido mucho más laxa que en los primeros años de la crisis, y ha repuntado, aunque su efecto no ha sido muy intenso en las relaciones de intercambio comercial por el avance más fuerte en los competidores europeos.